De Uyuni a Tupiza – Parte 1

Las 6 de la mañana es la hora de salida desde Uyuni. Madrugamos listos para un viaje de cuatro horas aproximadamente. Cuatro grados de temperatura afuera.
Llegamos a la terminal. Los micros de las dos empresas que realizan el mismo trayecto están listos en la vereda. El primero es un micro viejo, desvencijado, sucio. El segundo es más decente.
Nuestros pasajes son para el primero. No es aconsejable sacar pasaje por adelantado en Bolivia.
Cargamos los equipajes en el techo y subimos : trabajadores, cholas, jóvenes, niños, dos turistas alemanes y nosotros. Estamos todos.
El chofer enciende el motor y también la radio: cumbia a un volúmen descomunal. Y no la disfruta el sólo: los micros en Bolivia no tiene casi nada, pero los parlantes a lo largo del micro, sobre los asientos, son un equipamiento infaltable.
El chofer no tiene más de 20 años. El decidirá que escucharemos durante el camino.
La ruta no es de ripio. Es de piedra y arena. El micro a toda velocidad parece desarmarse en cada curva.
Le pido al chofer si puede bajar la música: intento dormir. Me afirma con un movimiento mínimo de cabeza que entendió mi pedido. Sube un poco más.
Me resigno. Pienso que cuando era más chica una escena así me hubiera resultado divertida, pintoresca. Pienso que la capacidad de ser flexible se va perdiendo con la edad. Lo pienso y me entristece un poco.
El micro hace varias paradas a lo largo del viaje: sube gente con bolsones enormes que me golpean al pasar. La vendedora tuvo la magnífica idea de vendernos los asientos 3 y 4. Estoy del lado del pasillo.
Sube una abuela, vende chicharrón de pollo y arroz en una bolsa. Dos cholas del asiento de atrás le compran: uno para cada una. 12 bolivianos. Son las 7.30 de la mañana.
La gente duerme, la música parece molestarme sólo a mí.
Los alemanes están despiertos. Miran azorados, siguen las reglas, no se alarman. Como todos.
Pienso en la pasividad, aceptación y resignación ante la realidad de los bolivianos, de los pueblos, de todos. Pienso en la creencia de que es imposible modificar la realidad. Me acuerdo de otro viaje donde una señora viajó un gran tramo del viaje con la ventana abierta, con el viento helado sobre su cara, con los pasajeros tosiendo por el frío. Le pedimos si podía cerrarla, nos dijo que no, que estaba rota, trabada.
Bastó un empujón de un hombre para poder cerrarla. ¿Habría viajado así durante todo el trayecto? ¿Y los demás le hubieran dicho algo?
¿Y a nadie le molesta la cumbia a todo lo que dá del chofer de 18 años?
La puerta que separa la cabina del resto del micro no cierra bien, el copiloto se encarga de trabarla con un plástico después que la gente baje, o suba.
Los alemanes golpean el vidrio para que abran la puerta. Golpean más fuerte.¿Querrán bajarse? ¿Querrán suicidarse?
Del otro lado no los escuchan, escuchan cumbia. No les abren.

El paisaje a través de las rajaduras de la ventana es hermoso. Montañas de desierto cortadas por miles de colores.
Una chola corre desesperadamente desde el fondo, golpea también contra el vidrio. “Aquí me quedo, aquí me quedo”. Lo repite, sigue golpeando, gritando. No la escuchan.
Sigue golepando desesperadamente, el micro se está pasando de su pueblo. Paran por fin, se baja.
Los alemanes aprovechan para ser escuchados. Necesitan bajar a hacer pis. Los bajan en el cementerio del pueblo.

Alguien del fondo pone música desde su celular: cumbia. Se superpone con la música funcional del micro. Son las 8.55.

El copiloto pide boletos. Nos dice que hay que cambiar de micro en Atocha. Creímos que nos habían vendido el pasaje directo. Nunca se sabe en Bolivia. Esta vez me alegro de bajar. La esperanza me invade sobre el micro que nos llevará en el trayecto que nos falta: Atocha-Tupiza.

viaje_01 viaje_02 Nuestro micro, de Uyuni a Atocha.

viaje_03 La puerta que se abre y el reflejo de los alemanes, de Uyuni a Atocha.viaje_04El hermoso paisaje a través de la ventana, de Uyuni a Atocha.

Los detalles del micro, de Uyuni a Atocha.

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