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En español

Cuando el caos toma forma, se trans-forma en lo que conocemos: las ciudades, ortogonales, nacen. Unos hacen algo, otros tantos hacen otro algo, y así se supone que funciona, mas o menos, todo. En Egipto todos los límites que existen, están corridos. Es una ciudad descentrada. Desquiciada.

No existen los precios, las reglas, el orden. La ley es la de cada hombre. Las mujeres siempre 1 paso por detrás de ellos, tapadas, acaloradas, rezagadas. Los hombres crean y dibujan las ciudades, negociando todo y a todos. En sus tiempos libres fuman shisha en compañía de algún camarada o juegan al dominó. Crean el mundo a su medida, mientras sus mujeres esperan en casa.

Todos están al acecho y disfrutan del negocio, del deber de rebuscarselas para conseguir la mayor ganancia. Los hombres son hábiles comerciando. Las mujeres no se dedican a la venta, es un deporte masculino.

En medio del caos de miles de autos, bocinas constantes, rezos por autoparlante y demás sonidos, no parecen ponerse nerviosos. Son de ruido, están hechos de la misma materia.

Las papas fritas sirven de almuerzo, los kebab de cena. La basura de almohada y el ruido de música.

Gente amable, ventajera, graciosa, apacible, negociante, aniñada, desagradable, desprolija, sucia, calma, creyente.

Transporte Quechisla, nuestra nueva empresa. Después de una hora de Atocha, estamos listos otra vez.
La empresa que nos vendió el trayecto completo desde Uyuni, en realidad llega sólo hasta Atocha. Pero para los turistas que no lo saben y compran el trayecto directo, los conductores se toman el trabajo de comprar un nuevo ticket en Atocha hacia el destino final. Al mismo precio, claro.
Nuestros nuevos asientos: 23 y 24, al fondo. El micro es viejo y un poco más sucio, casi como el anterior.
Nos acomodamos en nuestros asientos.
Un abuelo borracho nos dice algo ininteligible.
Venden charqui, los del asiento de atrás compran uno. El olor a carne mezclada con grasa inunda el micro.
La señora que viaja a nuestro lado, frente al pasillo, está acompañada de su perro pequinés. El perro nos mira. El abuelo borracho también.
No hay más asientos libres, todos los pasajes están listos para salir.
Suben a más pasajeros: viajan en la cabina del chofer y en el pasillo. Son las 10.45 de la mañana. Restan 3 horas de de viaje.
A los cinco minutos la primer parada. YPFB, Orgullo Nacional: el chofer carga nafta después de una larga fila.
La gente aprovecha para bajar y hacer pis en cualquier lugar, ahí nomás.
Sobre nuestros asientos el parlante trasero: cumbia. Fuerte. Otra vez.
Veo en la ruta un cartel que anuncia a Tupiza a 90 kms.
Serán 3 horas de viaje.
Pienso en el tiempo y en la lentitud de la gente de acá. Ahora suena Cindy Lauper, con “Girls just wanna have fun”. Y pienso que parece estar en los años 80. Que el tiempo es relativo.

El paisaje ahora es más llano y desértico, decorado con catedrales de piedra y tierra a lo largo del camino.
El chofer va demasiado rápido para el estado de la ruta. Sigue siendo de arena y piedras.

El pequinés caga en el pasillo. Agradecemos que no haya sido sobre nuestras zapatillas.

La ruta se vuelve de precipicios y es tan angosta que pasa un camión por vez. El chofer toca bocina en cada curva: no puede ver quien viene.

Cierro los ojos para evitar el miedo. Me quedo dormida y al despertar no entiendo como pude descansar con el volúmen de la música que volvió a ser cumbia. Ahora cumbia argentina: culisueltas, wachiturros, y más…
Pasamos por un pueblo desolado, abajo, la gente se desespera por parar el bus. No tienen como llegar a Tupiza. Suben al micro y ocupan todo el pasillo.
El chofer sube la música y arranca nuevamente.
Un nene juega conmigo y se ríe, y me contagia. Me distrae de la ruta y me olvido por un momento del miedo.
Ya es tarde y el hambre apremia. Los del asiento de atrás pelan un huevo duro y lo comen. El olor ahora es mezcla con el sudor de días de los recién subidos, con olor a mierda, con olor a huevo.

La ruta está repleta de altares a cada curva. Verlos me pone más nerviosa.
Después de miles de vueltas por la montaña, diviso por fin la ciudad. El inicio del pavimento confirma que llegamos a Tupiza. A la entrada, un militar controla el paso de vehículos: el primer control que veo en todas las rutas de Bolivia.
Los pasajeros le van gritando al chofer donde quieren ir bajando. El chofer obedece.

El viejo borracho se para, intenta escupir por la ventana. Al no poder abrirla, le escupe el pelo a la pasajera de adelante.
La madre lo ve, nos mira y se ríe. No le dice nada. Se ríe, tímida.

Todos bajamos. Llegamos a Tupiza.

viaje_06Atocha y el río contaminado, Bolivia.

viaje_05Desayuno de té y tortas fritas en Atocha, Bolivia

viaje_07Nuestro nuevo micro, acompañados por el señor, de Atocha a Tupiza.

viaje_08  Nuestro nuevo micro, acompañados por el señor, de Atocha a Tupiza.

viaje_10 El paisaje, de Atocha a Tupiza.viaje_09Sí: en la parte que falta se lee “Ventanilla”, de Atocha a Tupiza. viaje_11La señora con su pequinés y el viejo borracho de fondo, de Atocha a Tupiza. viaje_12 Mi amigo de viaje, de Atocha a Tupiza.viaje_13El paisaje, de Atocha a Tupiza. viaje_14Tupiza, Bolivia.

Las 6 de la mañana es la hora de salida desde Uyuni. Madrugamos listos para un viaje de cuatro horas aproximadamente. Cuatro grados de temperatura afuera.
Llegamos a la terminal. Los micros de las dos empresas que realizan el mismo trayecto están listos en la vereda. El primero es un micro viejo, desvencijado, sucio. El segundo es más decente.
Nuestros pasajes son para el primero. No es aconsejable sacar pasaje por adelantado en Bolivia.
Cargamos los equipajes en el techo y subimos : trabajadores, cholas, jóvenes, niños, dos turistas alemanes y nosotros. Estamos todos.
El chofer enciende el motor y también la radio: cumbia a un volúmen descomunal. Y no la disfruta el sólo: los micros en Bolivia no tiene casi nada, pero los parlantes a lo largo del micro, sobre los asientos, son un equipamiento infaltable.
El chofer no tiene más de 20 años. El decidirá que escucharemos durante el camino.
La ruta no es de ripio. Es de piedra y arena. El micro a toda velocidad parece desarmarse en cada curva.
Le pido al chofer si puede bajar la música: intento dormir. Me afirma con un movimiento mínimo de cabeza que entendió mi pedido. Sube un poco más.
Me resigno. Pienso que cuando era más chica una escena así me hubiera resultado divertida, pintoresca. Pienso que la capacidad de ser flexible se va perdiendo con la edad. Lo pienso y me entristece un poco.
El micro hace varias paradas a lo largo del viaje: sube gente con bolsones enormes que me golpean al pasar. La vendedora tuvo la magnífica idea de vendernos los asientos 3 y 4. Estoy del lado del pasillo.
Sube una abuela, vende chicharrón de pollo y arroz en una bolsa. Dos cholas del asiento de atrás le compran: uno para cada una. 12 bolivianos. Son las 7.30 de la mañana.
La gente duerme, la música parece molestarme sólo a mí.
Los alemanes están despiertos. Miran azorados, siguen las reglas, no se alarman. Como todos.
Pienso en la pasividad, aceptación y resignación ante la realidad de los bolivianos, de los pueblos, de todos. Pienso en la creencia de que es imposible modificar la realidad. Me acuerdo de otro viaje donde una señora viajó un gran tramo del viaje con la ventana abierta, con el viento helado sobre su cara, con los pasajeros tosiendo por el frío. Le pedimos si podía cerrarla, nos dijo que no, que estaba rota, trabada.
Bastó un empujón de un hombre para poder cerrarla. ¿Habría viajado así durante todo el trayecto? ¿Y los demás le hubieran dicho algo?
¿Y a nadie le molesta la cumbia a todo lo que dá del chofer de 18 años?
La puerta que separa la cabina del resto del micro no cierra bien, el copiloto se encarga de trabarla con un plástico después que la gente baje, o suba.
Los alemanes golpean el vidrio para que abran la puerta. Golpean más fuerte.¿Querrán bajarse? ¿Querrán suicidarse?
Del otro lado no los escuchan, escuchan cumbia. No les abren.

El paisaje a través de las rajaduras de la ventana es hermoso. Montañas de desierto cortadas por miles de colores.
Una chola corre desesperadamente desde el fondo, golpea también contra el vidrio. “Aquí me quedo, aquí me quedo”. Lo repite, sigue golpeando, gritando. No la escuchan.
Sigue golepando desesperadamente, el micro se está pasando de su pueblo. Paran por fin, se baja.
Los alemanes aprovechan para ser escuchados. Necesitan bajar a hacer pis. Los bajan en el cementerio del pueblo.

Alguien del fondo pone música desde su celular: cumbia. Se superpone con la música funcional del micro. Son las 8.55.

El copiloto pide boletos. Nos dice que hay que cambiar de micro en Atocha. Creímos que nos habían vendido el pasaje directo. Nunca se sabe en Bolivia. Esta vez me alegro de bajar. La esperanza me invade sobre el micro que nos llevará en el trayecto que nos falta: Atocha-Tupiza.

viaje_01 viaje_02 Nuestro micro, de Uyuni a Atocha.

viaje_03 La puerta que se abre y el reflejo de los alemanes, de Uyuni a Atocha.viaje_04El hermoso paisaje a través de la ventana, de Uyuni a Atocha.

Los detalles del micro, de Uyuni a Atocha.

La ciudad blanca la llaman. Y el centro es blanco y colonial. La gente camina orgullosa, sabiendo que viven en la ciudad capital constitucional de Bolivia.

Que viven en la ciudad más linda del país.

El arte vive en la casa de la cultura: hay festivales de danza latinoaméricana, hay recitales en las plazas, hay vida.

Desde Sucre se llega a Tarabuco, uno de los mercados artesanales más importantes del país. Todos ofrecen sus productos a los turistas que llegan ávidos de artesanías.

sucre_01Mercado Central, Sucre, Bolivia.

sucre_02Centro, Sucre, Bolivia.

sucre_03Centro, Sucre, Bolivia.

sucre_04 Centro, Sucre, Bolivia.

sucre_05Centro, Sucre, Bolivia.

sucre_06Tarabuco, Sucre, Bolivia.

sucre_07Mercado de Tarabuco, Sucre, Bolivia.

La ciudad de Nuestra Señora de La Paz es hermosa.
Todo pasa en calle, y la calle es una fiesta. La Plaza San Francisco se llena de gente mostrando sus obras y la noche de los museos abre las puertas de la enorme iglesia de la plaza hasta las 12 de la noche. La calle está viva y La Paz despierta. La gente hace cola para visitar cada lugar y en la espera se divierten viendo el espectáculo de ellos mismos en las calles. Todos en la calle.

La Señora de la Paz es una ciudad agobiante.
Los miles de cables amontonados en las esquinas dan unas leves ganas de suicidarse, sobre todo los Domingos con lluvia. Cualquier loca idea de mirar hacia el cielo se intercepta con los miles de cables enmarañados y gruesos. Para variar, el clima es siempre frío, incluso en verano.

La señora Paz es alegría.
La ciudad festeja el día de la Vírgen y la avenida Santa Cruz se transforma en un corso de estudiantes secundarios, disfrazados, cada colegio con hermosos trajes típicos, cada cual con su coreografía estudiada animan la fiesta. Y la banda de música que los escolta desde atrás, con trombones, bombos, trompetas, y sus trajes nuevos, con sus corbatas a tono y sus zapatos relucientes, todos iguales. Para los lustrabotas también es día de festejo.

La paz es tristeza
El olor y las pinturas sobre la paredes de toda la ciudad dan la impresión de estar en una ciudad abandonada, con años de desidia y desolación. Y la gente cabizbaja camina ya resignada, ya acostumbrada. La basura inunda cada calle pero ya es parte de la geografía, y cada uno aporta un poco con su desperdicio diario. El río que cruza la ciudad resulta una cloaca a cielo abierto. Las calles son basurales disimulados de ciudad.

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Sudamérica está repleto de turistas estadounidenses, israelíes, ingleses, australianos, franceses y belgas. Es entendible: resulta muy barato para ellos y los paisajes son increíbles.
Cochabamba fue un respiro de la ruta típica del gringo (así les dicen a todos los blanquitos, sin importar su procedencia real.)
En Cochabamaba fuimos los únicos gringos, los únicos Otros, y fue lindo.

Nos habían comentado que en Punata se hacía la mejor chicha de Bolivia, y allí íbamos, en su búsqueda.

Subimos al bus que el copiloto anunciaba frenéticamente a la dirección que necesitabamos. En Punata está el mercado más grande de la zona de Cochabamba, y sólo funciona los domingos.
Subimos a la camionetita que hace de bus. El viaje de siempre: asientos mínimos, olor a campo, cumbia.

Llegamos al mercado y nos desiluciona. Es un mercado más de frutas, verduras, celulares, jabones, camperas, jeans, zapatillas, ropa interior que se encuentra en cada ciudad. Todo junto, todo mezclado.
Vamos por las calles laterales de la feria. Buscamos la chicha, la acohólica, la verdadera.
La encontramos en un comedor que ofrece menú del día. Por un lado una olla enorme con sopa, y al fondo un señor dispensa el elixir que buscamos. Sumerge la jarra de plástico en unas bachas azules, profundas, y vierte el contenido en otras jarras, que serán nuestras botellas. Los vasos son cuencos de calabaza seca. Ofrece chicha común, y chicha de maní.

Todos los comensales acompañan el menú del día con su jarra. Los ojos rojos. El caminar tambaleante. Antes de empezar a tomar, un chorrito se derrama al piso.

Nosotros miramos, aprendemos y copiamos.

 

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Pintura en el centro de Cochabamba, Bolivia.cocha_02Río Rocha, Bolivia. cocha_03Aviso, Cochabamba, Bolivia. cocha_04Micro a Punata, Cochabamba, Bolivia. cocha_05Campo, Cochabamba, Bolivia. cocha_06Centro de Cochabamba, Bolivia.

Apenas amanece y Copacabana se prepara para la procesión. Llegan desde Perú, desde toda Bolivia: es la Vírgen de Copacabana la encargada de bendecir los autos, buses y camiones recién comprados.
Esperan frente a la iglesia del pueblo, disponen sus autos siguiendo una fila que da vuelta toda la manzana.
Rocían sidra sobre el capot, los decoran con flores, cintas, pétalos. El auto es el homenajeado y los miembros de la familia se regodean del bien conseguido.
El bien es el bendecido, no ellos.
Los mendigos también se preparan formando una fila hasta llegar a la entrada de la capilla.
No se visten de fiesta, ni llevan flores, ni toman sidra.

El Domigno comienza y la fila de autos llena la avenida principal de Copacabana.

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Costa de Copacabana, Bolivia.

copa_04Costa de Copacabana, Bolivia.

copa_02Costa de Copacabana, Bolivia.

copa_03Iglesia, Copacabana, Bolivia.  copa_01Iglesia, Copacabana, Bolivia.